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domingo, 20 de septiembre de 2009

EL SIRA RESERVA COMUNAL

reserva-comunal-el-siraLa Reserva Comunal El Sira se estableció el 22 de junio de 2001 como tal por el Instituto Nacional de Recursos Naturales (INRENA), a fin de conservar y proteger los recursos naturales y asegurar la continuidad y supervivencia de los grupos étnicos Asháninka, Yanesha y Shipibo. De esta manera se busca mantener los procesos ecológicos y ciclos biológicos de la cadena montañosa de El Sira, y conservar la principal fuente de agua de calidad para las comunidades nativas de su entorno.

Esta área alcanza las 616,413.41 hectáreas, delimitadas en el lado oriental por el río Ucayali y por el Pachitea en el lado occidental. Esta Reserva Comunal se extiende entre la provincia de Puerto Inca (región Huánuco), la provincia de Oxapampa (región Pasco) y las provincias de Atalaya y Coronel Portillo (región Ucayali).

La cadena montañosa de El Sira presenta una fisiografía determinada por diversos ecosistemas representativos de la selva alta y baja, los mismos que albergan una alta diversidad de especies de flora y fauna silvestre. La protección de estos hábitats además de asegurar la conservación de la diversidad biológica es necesaria para la preservación de áreas naturales por sus valores estéticos y culturales únicos y para el aprovechamiento sustentable de sus recursos, en beneficio de las comunidades nativas.

Los alrededores de la Cordillera del Sira están habitados por poblaciones de tres pueblos indígenas, donde cada pueblo hace uso del espacio que le corresponde de la cordillera respetando el espacio de los otros grupos. Por el oeste se encuentran los Yaneshas y Asháninkas de los valles del Pachitea y del Pichis; por el este, en el valle del Alto Ucayali habitan los Asháninkas y Shipibos-Conibos y por el Sur se encuentran los Asháninkas del Gran Pajonal.

El objetivo principal de la Reserva Comunal El Sira es la conservación de la diversidad biológica del lugar, en beneficio de las de las comunidades nativas pertenecientes a los grupos étnicos Asháninkas, Yanesha y Shipibo-Conibo vecinos de la Cordillera El Sira.


La Reserva Comunal El Sira presenta gran riqueza en diversidad biológica, con especies endémicas y amenazadas, abundantes recursos naturales como madera, carne, frutos, fibras, medicinas, variedad geográfica con diversidad de paisajes, sistemas hidrológicos y hábitat, y valores culturales de distintos grupos étnicos. La reserva comunal brinda una gran oportunidad para la conservación de un ecosistema muy particular. Como reserva comunal, esta categoría de conservación da la oportunidad de uso y aprovechamiento de sus recursos por parte de las poblaciones vecinas y plantea una administración del área protegida a cargo de los beneficiarios, de manera participativa y en coordinación con el Estado. La implementación del área protegida está en proceso. Se están formando los equipos de trabajo y ya se inició el programa de consulta y participación de las comunidades y organizaciones involucradas. El modelo participativo de responsabilidad compartida planteado para la gestión y el manejo del área hacen de ésta una experiencia hasta ahora única en su género.

La reserva comunal está sujeta a diversas amenazas, que ponen en riesgo los objetivos de conservación y la integridad del área protegida. Se espera que el trabajo conjunto entre la Intendencia de Áreas Naturales Protegidas y la población local pueda revertir estas tendencias negativas. La excesiva extracción de madera, la construcción de vías de acceso, el abuso sobre los recursos del bosque, la minería aurífera y la ganadería no planificada son actividades que deben ser urgentemente corregidas y monitoreadas.

Las autoridades responsables deben ser estrictas en la aplicación de la ley forestal y la ley de áreas naturales protegidas. Se debe pedir a los extractores de recursos naturales el diseño y ejecución de los planes de manejo que exigen las normas. Se debe incentivar en las comunidades asentadas alrededor del área protegida que establezcan mecanismos de monitoreo y control de las actividades de cacería, pesca y recolección de productos del bosque. Es importante conocer con mayor precisión la situación real de la actividad minera en relación al área protegida. Se recomienda llevar a cabo un registro y empadronamiento de todos los mineros que trabajan en el interior del área protegida y diseñar e implementar un plan de uso minero. Es de fundamental importancia impedir el ingreso de la minería mecanizada a la zona.

Las regiones y municipalidades deben ser concientizadas sobre las desventajas de la construcción de carreteras en los bosques tropicales. Se debe impedir que los agricultores corten y quemen el bosque innecesariamente y promover el uso de técnicas para conservar los nutrientes del suelo y la productividad de la tierra. La ganadería actualmente existente en la zona de amortiguamiento debe ser estabulada. En lo posible se deberá evitar la promoción de nuevos proyectos ganaderos en el área de influencia de la reserva comunal. Es importante involucrar a las comunidades locales en los procesos de control y vigilancia, para ello se requiere apoyar su fortalecimiento organizativo, brindar capacitación y entrenamiento.

Es necesario promover la educación ambiental e implementar programas de capacitación tanto a nivel de la población local como de las autoridades políticas. Las visitas a las comunidades para efectos de capacitación y consulta deben ser constantes, no deberá pasar mucho tiempo entre una visita y otra para darle continuidad y cohesión al proceso.

La Reserva Comunal El Sira está ubicada geográficamente alrededor de otras importantes áreas protegidas, como el Parque Nacional Yanachaga-Chemillén, el Bosque de Protección San Matías San Carlos, la Reserva Comunal Yanesha y el Bosque de Protección Pui Pui, conformando una importante porción de territorio protegido en la selva central del Perú.


TIROLESES EN PERU

Pozuzo, a decir de los historiadores, es probablemente la única colonia compuesta por descendientes de austríacos (tiroleses) y alemanes (renanos y bávaros) en el mundo. Pero su encanto tiene que ver, realmente, con el hecho de ser un pedazo de Europa enclavado en la selva de Oxapampa, en Pasco. La historia de ese rincón germánico en nuestro país empieza en 1855.

Al igual que otros países americanos, el Perú había asimilado en el siglo XIX una ideología inmigracionista que buscaba el progreso. “A los ojos de los latinoamericanos de entonces, solo la presencia de europeos en zonas deshabitadas daría como fruto la civilización”, explica Natalia Sobrevilla en su investigación “Ideología inmigracionista y los experimentos de inmigración dirigida en Latinoamérica del siglo XIX: el caso de los tiroleses y los renanos en Pozuzo”.

Al otro lado del océano, en tanto, miles de europeos que vivían en las zonas rurales se sentían perjudicados por la sobrepoblación, expulsados por la industrialización. Eran campesinos que debían pagar altísimos impuestos hasta para casarse. Así, tentados por los ofrecimientos de gobiernos que, a cambio de mano de obra, les prometían mejor porvenir, muchos se aventuraron a ir a destinos desconocidos.

En aquella época, el Estado Peruano quería potenciar la zona oriental del país. La idea era poblar ciertos sectores de la selva con el fin de promover el comercio hacia el Atlántico. Por ello en 1855 firma con el alemán Damian Freiherr von Schütz-Holzhausen un contrato. En ese documento, el Perú se compromete a pagar el viaje de colonos, construir un camino al valle prometido, entre otros asuntos. Schütz, por su parte, debía traer a 10.000 colonos alemanes hacia Pozuzo.

Más de un historiador coincide en señalar que las intenciones de Schütz eran nobles para con sus paisanos. Su “error” habría sido confiar a ciegas en el Gobierno, motivo por el que la travesía de los colonos sería un tormento.

Schütz recluta a 182 austríacos y 120 alemanes. Estos iban a ser acompañados por dos curas. Uno de ellos era Josef Egg, personaje clave en la lucha por la supervivencia de los europeos en el Perú.

La investigadora Elizabeth Habicher-Schwarz sostiene en su libro “Pozuzo: tiroleses, renanos y bávaros en la selva del Perú” que los 304 colonos se embarcaron hacia este continente el 30 de marzo de 1857 en el puerto de Amberes. El viaje se hizo a bordo del Norton, un viejo buque utilizado para transportar guano, hecho que significó un primer problema para los colonos, pues no estaba debidamente equipado para llevar personas. Ellos viajaron hacinados en una sala en la que debían soportar el nauseabundo olor del abono. Aguantaron pulgas, piojos, mala comida y al inquieto Atlántico.

Como no existía el canal de Panamá, el viaje se hizo por Cabo de Hornos, por lo que se prolongó 110 días. Finalmente, el Norton arribó el 20 de julio al Callao, como bien lo consigna El Comercio en su edición del día siguiente. A su llegada, los europeos fueron puestos en cuarentena y luego serían llevados a Huacho. Después comenzarían su camino, en mula y a pie, hacia Pasco.

CAMINO AL ANDAR
El recorrido a esa ciudad fue tortuoso. Si no se enfermaban, en el camino eran asaltados. Pero lo peor vendría en Pasco, donde se enteraron de que el gobierno no había construido la vía hacia Pozuzo. Lo cierto es que Ramón Castilla había destinado los fondos para ello, pero el prefecto de Pasco los había gastado en “la coyuntura revolucionaria”.

Muchos desertaron y decidieron quedarse en Cerro de Pasco. Otros viajan a Lima. Es el padre Egg quien motivó al resto a seguir y construir el camino con sus manos. Avanzan hasta Acobamba, donde levantaron un campamento provisional, luego otro en Santa Cruz. Se demoraron casi dos años en armar un sendero hacia Pozuzo, donde se asientan el 25 de julio de 1859. Según Guillermo Godbersen, en “La inmigración alemana en el Perú”, solo llegan a vivir a ese lugar 156 inmigrantes.

La historia de la colonia durante los años venideros tiene en común, con la de su origen, la lucha constante en busca del progreso. La batalla contra el terrorismo a finales del siglo pasado así lo confirma.

MIGRACIÓN Y AISLAMIENTO
El principal problema que debió sortear la colonia durante los primeros años fue el aislamiento. El camino construido era inseguro y solo podía hacerse a pie. En 1867, el padre Egg pidió al presidente Mariano Ignacio Prado una segunda inmigración para que más mano de obra ayudara a construir una mejor vía. Se firma un nuevo contrato con Juan P. Martin y Santiago Scotland y llegan a Huacho, en el velero Valparaíso, 315 inmigrantes. Solo 270 llegan a Pozuzo en poco más de dos meses.

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