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jueves, 24 de septiembre de 2009

LEYENDAS SOBRE PAITITI



Entre los cuentos sobre el Paititi se puede distinguir dos versiones polares, diferentes por su género. La primera tiene una clara matriz mitológica. En ella el Paititi es un lugar utópico (ciudad de oro, a veces un país entero), con evidentes características sobrenaturales, cuyos habitantes son los incas interpretados como personajes míticos. 

http://www.palkiewicz.com/img/ekspedycje/paiti02/foto01.jpg
En muchos casos Paititi existe fuera del espacio real, en otros textos se relaciona con puntos geográficos concretos. Pero en ambos casos, en el camino hacia allá aparecen circunstancias y obstáculos de carácter sobrenatural y se cruza la frontera entre el espacio rutinario, habitual y el “otro mundo”. A veces los narradores indican que a Paititi tienen acceso solamente “indios netos” que tienen lazos consanguíneos con los incas.

(1) Paititi está en la misma selva, en el centro, en un pueblo de puro oro. Cuidan la entrada de la ciudad dos leones y luego hay dos pueblos y un mar que hay que cruzar para llegar adonde está el Inca. El mar es una ciudad grande. Se cruza a caballo sobre dos tigres. Cuando se está parado, vienen los tigres, se meten entre tus piernas, y cabalgando te llevan y te hacen cruzar el mar en un instante. Ellos mismos te traen de nuevo, siempre cruzando el mar. Pero no es cualquiera que puede ir allá. Solo los campesinos netos que tengan cualidades físicas y ademanes de inca, peluca larga hasta la cintura, vestimenta inca, negra, tejido de lana, poncho y ojotas.

En ese pueblo de Paititi vive el Inca. En la conquista los incas dirigentes no murieron. Quienes murieron fueron las gentes, los soldados. Los Incas son inmortales. (Urbano 1993:294)

(2) El pueblo de Paititi es un pueblo grande de oro, donde se trabaja el oro. Son hombres hijos de Dios, llenos de suerte [sami]. Allá se encuentran tres jefes: Qollarri, Incarrí y Negrorri. De ellos depende la vida de todo el mundo porque son ellos que rigen los destinos de todos (Urbano 1993:294).

En esta versión la leyenda del Paititi se superpone sobre el mito escatológico del Incarrí (Inca-Rey). Incarrí es un personaje mítico, producto de combinación de varias personalidades históricas, el Inca asesinado por los españoles que debe resucitar en el futuro y restablecer en el Perú “la edad de oro” de la época de los incas (Ortiz 1973). En otras versiones del mito, este personaje está vivo en el presente y habita en un lugar escondido, en este caso en Paititi. Los dos otros personajes, Collarrí y Negrorrí, como demuestra Henrique Urbano en el artículo citado, son el resultado de la influencia del motivo bíblico de los Reyes Magos.

(3) Para ver el Paititi desde lejanía –dice–, después de llegar a Paucartambo se va rumbo a Akhanaku. De ahí se ve un cerro alto, llamado Apu Kañihuay. Para subir a este Apu y divisar el Paititi hay que hacer despachos de calidad. Si no se hacen como debe ser, jamás se verá el Paititi ni jamás se podrá subir al Apu, porque antes que llegas a la punta caen rayos, lluvia, viento, granizada. El Apu siempre baja a quien se cree valiente o machito y peor aún a los extranjeros. Y si llegas sin novedad a la punta del Apu Kañihuay, él te cubre todo y todo con nubes de gran espesor y no puedes llegar a ver el horizonte. Y así puedes estar días y noches, o en el Apu o lejos de éste y él no deja ver nada. Por eso el despacho es importante (Urbano 1993:294-295).

La segunda versión moderna que trata de Paititi más bien es, o pretende ser, un relato de hechos verídicos. En ella la ciudad perdida es unas ruinas antiguas, donde se encuentran los tesoros de los incas, cuya cantidad depende del temperamento del narrador. La línea narrativa suele consistir en un cuento sobre el protagonista, pastor o campesino, quien ha ido allá y regresó, generalmente trayendo evidencias de su descubrimiento. A veces se menciona que el afortunado se enriqueció fabulosamente con el tesoro encontrado.

Lamentablemente, en la literatura especializada este tipo de relatos está ausente, razón por la cual presentamos aquí un texto registrado por un amateur, padre Juan Carlos Polentini, sacerdote de Lares, quien recogió gran cantidad de valiosa información de diferente índole sobre Paititi, desde la tradición oral moderna y fragmentos de crónicas hasta los materiales de sus propios viajes en busca de esta ciudad, y publicó dos libros acerca del asunto. Entre toda esta información encontramos varias narraciones anotadas de las palabras de Arístides Muñiz, un famoso contador de cuentos sobre Paititi. En el momento de la publicación de sus relatos, en 1979, Muñiz tenía 97 años y toda su vida había vivido en los valles cerca de Paucartambo, donde las leyendas y cuentos de Paititi circulan con más intensidad. Citamos aquí un fragmento de uno de los relatos que cuenta la historia de Florián Llacta, pastor de la hacienda de Bedagurín que fue enviado por el hacendado a buscar el ganado perdido. Muñiz la escuchó de la esposa del pastor alrededor de 1905.

Mi marido fue a buscar [el ganado] y se fue siguiendo la huella por el camino incaico. Bajó un cerro. Existe el camino (es en el Apu Catinti, actualmente Cumbrerayoc). Como encontró huellas del ganado, los pumas habían arriado por todo ese camino. Así había llegado a una población incaica donde solamente faltaban los techos a las casas pero que había tesoros al por mayor. Una cosa admirable, y como mi marido estaba ya muy débil, sin comer, ni nada, sólo había podido traer un choclo de oro y dos cráneos de dos reses que habían acabado los animales. Así fue cargando esas calaveras las lleva a Bedagurín –“Los cráneos, señor, aquí están, habían comido los animales, y he encontrado todavía dos ganados vivos que he traído, y para que usted me crea, he traído este choclo de oro de esa población”. –“Entonces trae, pues, y regresa para que me pagues el resto del ganado”. El hombre traería lo que pudo. [...] La india, dice el anciano, le indicó que las cumbres por donde pasó su marido y por donde nace el río Chunchosmayo es el apu Catinti (Polentini 1979:105-106).

Volvamos a la segunda versión del cuento sobre Paititi. Su protagonista generalmente se presenta como una persona real, que vivió o vive en el mismo pueblo o comunidad que el narrador, a quien él a veces declara conocer personalmente, a veces es su pariente o antepasado. En algunos casos el relato se desenvuelve en primera persona y se remite al pasado reciente. El detalle persistente es que el narrador trata de amarrar los acontecimientos del cuento con la realidad, como prueba de su veracidad. En la mayoría de los casos se utiliza la toponimia real. A veces el relato viene acompañado de una invitación a guiar al oyente a las ruinas descritas (en el caso de que el oyente esté de acuerdo en financiar el viaje). Esto se explica por el hecho de que esta clase de relatos sobre Paititi a menudo está relacionada con restos arqueológicos reales, no registrados o poco conocidos, que abundan en la selva alta. Por supuesto, los detalles acerca de los fabulosos tesoros resultan ficción o, en el mejor de los casos, exageración. Sin embargo, las mismas ruinas y su ubicación pueden resultar realidad. Por los tanto, este tipo de relatos puede servir como instrumento útil para los arqueólogos. Lamentablemente, los arqueólogos profesionales los ignoran y demuestran escepticismo al respecto, pero existen ejemplos de descubrimientos de monumentos arqueológicos sobre la base de esos cuentos. En los años 1950, dos ingleses, Sebastian Snow y Julian Tennant, guiados por una leyenda del Paititi, encontraron un pequeño monumento arqueológico inca en la zona del moderno parque arqueológico Vilcabamba (Tennant 1958). En 1979, los esposos Herbert y Nicole de Cartagena, en busca del Paititi a partir de la tradición, encontraron en el Parque Nacional Manu un monumento interesante llamado Mameria (Cartagena 1981). Infortunadamente, desde el momento de su descubrimiento este resto arqueológico ha sido saqueado sin control, mientras las investigaciones profesionales no han sido realizadas hasta ahora.

Estudios históricos sobre este asunto son igualmente escasos, como los trabajos de la tradición oral moderna sobre el Paititi. Probablemente, la única obra significativa es el libro del historiador argentino Roberto Levillier: Paititi, El Dorado y las Amazonas (Levillier 1976). El trabajo fue publicado varios años después de la muerte del autor y consiste en los materiales sueltos organizados por sus parientes y amigos. Sin embargo, el valor del libro es indiscutible. Su mayor mérito, a nuestro parecer, es el uso de fuentes escritas poco conocidas pero muy interesantes. La más interesante para nosotros es “Informaciones hechas por Don Juan de Lizarazu sobre el descubrimiento de los Mojos”, documento original de Bolivia oriental del año 1636, que reúne testimonios de varias personas que participaron en expediciones en busca del Paititi o disponían de otra información valiosa al respecto (Lizarazu 1906). Levillier incluyó en su libro unos fragmentos de este documento, pero dejó sin atención muchos datos valiosos. Por lo tanto, nos dirigimos a la fuente original.


aqui hay algo.... un copiar o pega pero bueno ..... sera "el dorado" como la peli.... si hay tantas expediciones ( aqui no las cuentan pero hubieron y hay muchas ) es porque en realidad se encontro o se ha visto algo ...

PAITITI LA CIUDAD PERDIDA

Dicen en el Cusco que más allá de los límites con la selva se levantan las ruinas del Gran Paititi, una ciudad incaica que conserva, entre sus mohosos muros, los tesoros que los últimos miembros de la elite inca escondieran ante la conquista española.

Investigadores y creyentes, han sostenido que la palabra es de origen quechua y que significaría "como él" o "igual a ese". El "otro", "ese", "él", no sería sino el Cusco mismo. Es decir, que una traducción literal del término al castellano sería "como el Cusco", la ciudad impeiral.

Para el escritor peruano Ruben Iwaki Ordoñez, autor de un "clásico" en el tema, no cabe la menor duda de que el Paititi es una ciudad incaica y contenedora de estatuas de oro de inmenso valor. Según Ordoñez, en ella se escondieron los tesoros cusqueños cuando los españoles invadieron el Perú. Esta hipótesis es la que más ha calado en el imaginario cusqueño de la actualidad y es, como puede advertirse, la que posee raíces más coloniales.

Pero existe otra teoría que puede que sea la que se acerca más a la realidad, y que sostiene que el Paititi fue un reino amazónico, una avanzada cultura de la selva, superior a las demás y con una vasta influencia, que los incas conquistaron culturalmente haciéndoles adoptar sus leyes, costumbres, vestidos e idolatrías.

La tradición oral le da al Paititi dos posibilidades: la primera (más lógica y posible), que sea uno o varios yacimientos arqueológicos (ruinas) perdidos en la selva; y la segunda (más imaginaria, pero con una fuerte dosis inconsciente de resistencia), que sea una ciudad en la se conservan los auténticos incas descendientes del viejo Tahuantinsuyu, esperando el momento adecuado para reeditar el perdido esplendor.

Si bien todos coinciden en ubicarlo hacia el oriente del Cusco, existen discrepancias muy marcadas entre los investigadores. El "oriente" es muy extenso; por lo tanto, sindicar esa dirección sin especificar (justificadamente) un sitio concreto, de poco sirve. Generalizaciones de este tipo lo único que promueven es la catalogación de cualquier resto arqueológico con la atractiva etiqueta de "Paititi". Cosa que ya ha ocurrido en el pasado, y sigue ocurriendo.

Tras comparar las hipótesis más conocidas, y de gran circulación en la actualidad (tanto de forma escrita como oral), hemos podido detectar que dos sectores son los que se disputan la posesión de la tan mentada "ciudadela" incaica.

El primero es el que corresponde a la denominada Meseta del Pantiacolla. Ésta se levanta en territorio peruano, en el actual Departamento de Madre de Dios, y generalmente es la preferida por los cusqueños. Los autores que se encolumnan detrás de esta hipótesis son: Ruben Iwaki Ordoñez; el anónimo, esotérico y delirante "Brother Philip"; el Padre Juan Carlos Polentini Wester; el explorador arequipeño Carlos Neuenschwander; Fernando Aparicio Bueno y el historiador y restaurador cusqueño Enrique Palomino Díaz. Todos ellos afirman que habría que circunscribir el área de búsqueda en la zona determinada por los 13º - 12º Latitud Sur y los 72º -71º Longitud Oeste (territorio enmarcado por los ríos Manú, al norte; Madre de Dios al oeste; y Paucartambo al sur).

Otros creen que si del Paititi queda algo, debemos buscarlo mucho más hacia el Este. La región de la famosa meseta no fue sino un corredor, un lugar de paso, que condujera a los incas hacia lo que hoy día serían territorios del norte de Bolivia y oeste de Brasil. Arribamos, entonces, al segundo sector en cuestión.Los documentos coloniales que hacen referencia de manera más específica al Paititi, dicen ubicarlo a unas 200 leguas de Cusco (aprox. 1.100 Km al Este). Los historiadores que apoyan esta hipótesis fundan sus dichos amparados en estas fuentes escritas de los siglos XVI y XVII (que dan distancias aproximadas, nombran ríos y señalan accidentes geográficos), y no tanto en la tradición oral que circula hoy en la sierra. Dos de los más reconocidos investigadores que defienden esta posición son: el historiador argentino Roberto Levillier y el cusqueño Daniel Heredia.

El romántico sueño de las ciudades perdidas perdura, y las espesas selvas podrían albergar todavía restos de ciudadelas no catalogadas. Toda esa zona a la que se llega remontando el cauce los ríos Vilcabamba y Pampaconas, es una verdadera mina sin explotar. Son muchas las referencias que los lugareños hacen respecto de muros, palacios y templos que ocasionalmente encuentran tapados por la espesura, pero a los que luego pocos se animan a ir, y menos aún denunciar. Como de manera muy acertada dijera un especialista norteamericano, destacado por la Universidad de California en Cusco: "Si los historiadores y arqueólogos europeos, que mueren por un simple jarrón o plato de origen griego, supieran lo que se puede encontrar en estos valles, cambiarían de especialidad. ¡Estamos hablando de ciudades enteras, y pocos saben o creen en ello!".

Muchas ciudades perdidas esperan todavía ser descubiertas. Casi todos los años nuevos restos arqueológicos, antes no tenidos en cuenta, nos obligan a re-escribir parte de la historia de este continente. Quizás las ruinas del Paititi estén aguardando a su Hiram Bingham para salir de las brumas en las que ha estado durante tanto tiempo.

Lo cierto es que hoy ya no negamos que los incas se internaron mucho más adentro en la selva de lo que suponíamos, y que es lógico pensar que levantaran en esos territorios fortalezas y puestos de avanzada. La ciudad de Vilcabamba "La Vieja", y las decenas de construcciones incas erigidas en la selva tropical, constituyen una prueba objetiva del alto grado de adaptabilidad que tuvieron los cusqueños. Por otra parte, las enormes dificultades que experimentamos al ingresar en esa zona de resistencia (precipicios, ríos impetuosos, calor insoportable, insectos, denso follaje) ha sembrado la duda sobre que la última dinastía quechua rebelde haya terminado efectivamente en 1572, al caer Vilcabamba en poder de los españoles. Es muy probable que los incas residuales (aquellos que lograron sobrevivir a la captura de Túpac Amaru I) hayan podido huir y conservar hasta mediados del siglo XVIII su aislado predominio, protegidos por la selva y los desbordes de los ríos.







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